Nono Granero: «Poner mayor énfasis en la necesidad de hablar y, sobre todo, de escuchar, es algo que redunda en beneficio para la sociedad»

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Se licenció en Bellas Artes y ha desarrollado su carrera profesional como narrador oral, titiritero, escenógrafo, ilustrador y escritor. En 1999 crea la compañía Los Títeres del Asombrajo en Úbeda, su pueblo natal. De trozos de corcho y espuma nacen sus títeres. Con gestos y palabras recoge miradas impacientes de todas las edades. Camuflado entre las líneas de sus ilustraciones muestra su curiosa manera de ver y contar.

Ha escrito e ilustrado libros como El limpiabotas (Ediciones M1c, 2009), La historia extravagante de Hipo y Gavante (Canica Books, 2014). Aparte de La vaca Victoria para nuestra colección Milratones, recientemente también ha publicado, Brazos largos (Canica Books, 2014) y Polvo de Roca (A buen paso, 2014).

Milrazones: Ilustrador, narrador, titiritero..., según dices te gusta “explorar” los diferentes lenguajes creativos y transitar entre la narrativa y la plástica, pero ¿dónde te encuentras más cómodo?

Nono Granero: Pues justo en el camino entre unas áreas y otras. Porque todas estas disciplinas tienen una raíz y una intención común: la voluntad de compartir historias, de hacerlas vivir; la de comunicar y provocarnos emociones. Y es en ese ir y venir de una a otra donde se produce un enriquecimiento para mí necesario a la par que interesante.

M: En tus proyectos figuran los libros como algo para compartir; incluso a la hora de programar una actividad, insistes mucho en que el contenido de la misma va dirigido al público familiar. ¿Qué experiencia te ha llevado a ello?

NG: Cuando hablo de libros para compartir intento definir un modo de usar los libros que va más allá del empleo individual del mismo. Recuerdo que, cuando era niño, a veces elegíamos determinados libros de la estantería para jugar a partir de su contenido. Sobre lo que uno de los hermanos leía –y lo hacíamos por turnos, el resto fantaseaba, completaba, preguntaba. Era muy divertido hacerlo así. Y quizá sea esa idea de provocar sensaciones similares la que está detrás de esa declaración de intenciones sobre los últimos libros que he hecho. Pero hay también otra cuestión, directamente relacionada con mi preferencia por hacer sesiones para público familiar, en lugar de plantearlas sólo para público infantil. Y es que manejo una idea básica: trabajo para personas, independientemente de su edad. Y entiendo que incluir a padres, madres, abuelos y abuelas, o a los educadores en general dentro de, por ejemplo, una sesión de narración, hace que ésta resulte más interesante para todos. Porque la experiencia que cada persona posee, bien por estar firmemente asentada en largos años vividos, bien por ser muy liviana precisamente por lo contrario, hace que todos nos beneficiemos mutuamente. Te pongo un ejemplo: el viernes pasado tuve una sesión de cuentos y una madre vino con su hija, que no tendría más allá de cuatro años. La niña abría los ojos asombrada según sucedían las peripecias en el cuento y, de tanto en tanto, se volvía hacia la madre para comprobar el efecto de esa historia sobre ella, para no asustarse, para no perderse, para tener una referencia firme. Y estimulada por la reacción de su madre, terminaba de entender, de vivir, de participar en esa aventura. Pero es que los ojos de la madre estaban igualmente maravillados y contagiados por los de su hija, que la inducía a sorprenderse de nuevo. Y luego las dos miraban hacia mí y espoleaban aún más el relato. ¿No te parece que es mucho más interesante así? Por todo eso me gusta el público heterogéneo y por eso también me gusta la idea de la lectura compartida: porque de ese modo aprendemos cosas unos de otros, independientemente de la edad que tengamos, beneficiándonos todos de la manera particular de cada uno de entender o afrontar una historia.

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M: Tuvimos la oportunidad de verte por IlustraTour en las dos últimas ediciones. Seguramente tendrás formada una opinión en relación al panorama de la ilustración dentro y fuera de nuestro país. ¿Qué opinas sobre la producción foránea? ¿Crees que podemos competir en talento con el resto del mundo?

NG: Sí, son ya cuatro los años que llevo pasando por Valladolid en la que, para mí, resulta la cita más interesante a nivel nacional en torno a la ilustración. Y creo que es un buen lugar para hacerse una idea general acerca de qué se está cocinando en todo el mundo, sobre todo en lo referente a libro ilustrado infantil. Y se pueden encontrar proyectos y autores realmente maravillosos, sorprendentes, estimulantes. Y aunque hay algún país un poco más tradicional o quizá excesivamente pacato en lo referente a qué o cómo se puede dibujar para la infancia, la sensación general es de una riqueza que se contagia por doquier, impulsada en cualquier parte del mundo por una enorme cantidad de profesionales de la ilustración que están desarrollando, incansables, proyectos jugosísimos que son capaces –más aún hoy, en este mundo en que nos podemos comunicar con tanta facilidad, de trascender fronteras.

M: Háblanos del proceso creativo que sigues. En tu doble condición de narrador e ilustrador, ¿qué llega antes a tu mente, la imagen o la palabra?

NG: Pues depende: quizá para mí lo más interesante sea que tengo abiertos ojos y oídos para recoger tanto imágenes interesantes que me darán pie a desarrollar situaciones y personajes, como palabras o frases que igualmente funcionan como desencadenante a la hora de inventar las historias. En cualquier caso y como te comentaba más arriba, lo interesante para mí comienza cuando se genera ese vaivén de un lado al otro y la palabra me da pie a dibujar pequeños esbozos que, sobre todo cuando hablamos de libro ilustrado, favorecen la aparición de una estructura a partir de la cual continuará ese diálogo constante entre un quehacer y otro, conformándose así ese todo que es el proyecto definitivo de libro.

M: Frecuentas las redes sociales y mantienes varios blogs, pero ¿qué papel juega Internet en tus exploraciones artísticas?

NG: Tanto las redes sociales como los blogs son un modo de andar compartiendo dos cosas: por una parte, pequeños trabajos cotidianos que se van elaborando sin mayor pretensión que la de mantenerse engrasado y poder seguir en contacto con otros compañeros y con amigos y aficionados; y eso no es poca cosa cuando, como yo, no vives en una gran ciudad y casi todos los compañeros de profesión están lejos. Por otra parte, Internet también cumple con su labor facilitando el acceso a un buen montón de información, bien sobre documentación necesaria para plantear algún trabajo concreto, bien sobre el panorama de actualidad que es conveniente conocer para saber qué cosas se están haciendo y qué puede uno aportar al mismo. Y, por supuesto, es un medio sin el cual casi no es concebible hoy la coordinación de los proyectos con las diferentes editoriales.

M: Desde un tiempo a esta parte y desde distintos ámbitos, se está llevando a cabo una labor de reivindicación de la oralidad. ¿En qué medida crees que avanzar en ese terreno podría beneficiar a nuestra cultura?

NG: La oralidad es algo que es inherente al ser humano. Somos, en buena medida, palabras. Y la palabra dicha –no solo escrita es imprescindible. Porque la búsqueda de la palabra precisa, de la palabra adecuada es la búsqueda de las herramientas para comunicarnos, para pensar, para entendernos o emocionarnos, para inventar y gestionar nuestros propios proyectos, ya sean personales o sociales. Y poner mayor énfasis en la necesidad de hablar y, sobre todo, de escuchar, es algo que no puede sino redundar en un beneficio para la sociedad en general y para la cultura en particular.

M: Acabas de publicar tres álbumes ilustrados incluyendo la versión en catalán de uno de ellos, bajo tres sellos diferentes. Tirando un poco para casa, háblanos de La vaca Victoria, ese cuento popular de apenas un par de frases al que tú decidiste dar continuidad y que has contado muchas veces en tus actuaciones.

NG: La vaca Victoria es, precisamente, un ejemplo perfecto de lo que te comentaba antes: es un libro ideal para compartir. Nació, precisamente, de una sesión de narración oral que preparaba para el Museo Arqueológico de Úbeda, un lugar estupendo que cuenta con un público excelente y muy variado al que me gusta sorprender con propuestas curiosas, disparatadas, muy jugables. Como siempre me interesaron las retahílas infantiles, esos pequeños bocados de cuento que a menudo no tienen demasiado sentido, pero que despiertan complicidad y sonrisas a partes iguales y estaba buscando algo así para rematar esa sesión, tropecé con Victoria casi sin querer. Jugando con ella, me sorprendí al ver que su rima inicial, dejada un poco a su aire, me llevaba por territorios muy diferentes. Y comenzaron a aparecer palabras nuevas que me mostraban aspectos concretos a la vez que distintos acerca de lo que puede ser un cuento. Enseguida dibujé el personaje de Victoria, porque quería utilizar su imagen para provocar una reacción en el público durante este juego-narración, con colores sencillos y un trazo rotundo, claramente visible. Y resultó maravillosamente bien. Tanto, que la incorporé enseguida al repertorio habitual. Dos años después, en un teatro en La Laguna, un compañero narrador –Iñaki Carretero me preguntó si Victoria estaba editada, porque él pensaba que tenía que ser un libro. Y yo, que aún no me había decidido a plantear ese proyecto del todo, cuando volví a casa redondeé la propuesta incluyendo algunos bocetos de ilustraciones que respondieran a ese juego de palabras precisas. Y a partir de ahí, Victoria tomó cuerpo del todo y mírala: ha aparecido por fin, llena de fuerza para seguir haciendo de las suyas…

 
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