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10/12/2009
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Palabras de Chantal Maillard al presentar "La tierra prometida" en Madrid

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Este libro es una plegaria, o poema circular, un texto breve, que se repite una y otra vez. La autora convierte las palabras de este libro en palabras mágicas, que, a medida que se pronuncian pueden hacernos llorar. Porque puede llegar un día, en que no sepamos a qué pertenecieron o qué designaron, pero también pueden agudizar nuestra voluntad para la supervivencia de ese mundo de seres únicos y maravillosos.

¿Qué representa La tierra prometida para Chantal Maillard?

Quiero empezar diciendo un recuerdo de cuando era pequeña, que nos llevaban en la escuela comunal donde yo estaba, el 11 de noviembre, en Bruselas, a celebrar el armisticio de la I Guerra Mundial y recuerdo a todas las alumnas allí, en hileras, ante una placa de mármol gris que ejercía una función de símbolo de algo que para mi mente pequeña era importante porque era importante. Nos habían enseñado a cantar un himno al sol, y, mientras tanto, una delegación de alumnas mayores se dirigía a la Plaza de la Columna del Congreso, al pie de la cual, había una llama perpetua encendida en memoria del soldado desconocido. Por supuesto, todavía está, está perpetuamente.

La tierra prometida cumple para mí una función bastante similar: es a la vez un memorial, una estela, un monumento en el que figuran los nombres genéricos de algunos de los miles de animales que han perecido, que perecen, o están a punto de perecer. Y también es fuego y obelisco, columna y ofrenda para aquellos desconocidos como individuos que perecen, y perecieron y perecerán por obra de otros animales que proliferan por encima de los límites de lo que el organismo terrestre nos permite y en detrimento de todos los demás a los que maltratamos y hemos maltratado.

Estos desconocidos, a diferencia de aquellos soldados desconocidos, no partieron ni participaron en ninguna contienda por patria alguna. Ellos son víctimas inocentes que, por más desconocimiento, ni siquiera nombramos como tales individuos, sino en tanto que especie, tal vez porque aún tenemos que pedir perdón y avergonzarnos de pedir un lugar para ellos. Porque cuando hablamos de “especies” parece que nos estamos refiriendo a algo que nos atañe, la supervivencia del planeta, por ejemplo. Hablamos de hacer leyes para los grandes simios porque se nos parecen. Empezamos a respetar a las ballenas y a los delfines cuando averiguamos que también ellos tienen lenguaje. No nos paramos a pensar que tal vez sea que nuestra mente sea tan limitada que no puede comprender el lenguaje que sí tienen las demás especies, que su forma de comunicarse sea demasiado ajena a aquella tan limitada de las palabras y la gramática.

Empezamos a pensar en su desaparición cuando ésta es un síntoma de algo que nos atañe y porque nos atañe. No hablamos desde la compasión, sino desde el miedo. Cierto es que también podríamos hablar racionalmente, puesto que la racionalidad no es emotiva, no tiene miedos, desde un supuesto ojo cósmico. Es decir que esta sería la manera en que la tierra, célula a su vez del universo, ha iniciado su propia destrucción. Como instrumentos de la naturaleza, nuestro destino sería entonces el de ser entre todos el gran verdugo y apostar por la vida, por su continuidad, sería, en tal caso, contravenir los designios galácticos.

Sin embargo, el nuestro no es un ojo cósmico, más bien es un ojo intemperante, ávido. No estamos diseñados para el salto mortal, salvo acorralados en circunstancias muy adversas. La fuerza que rige nuestra especie, como la de cualquier otra, es la que nos lleva a seguir, a procrear y a perdurar. Por eso es por lo que hemos utilizado la racionalidad en otro sentido, para apoyarla incondicionalmente con el saber científico la prolongación de la vida más allá de lo que sería natural y la multiplicación de los individuos de nuestra especie en detrimento de las otras especies y del conjunto de todas ellas, un conjunto orgánico sin cuyo equilibrio ninguna vida es posible.

Es evidente que los saberes de la mente han suplantado la sabiduría del cuerpo, esa que para los taoístas era la clave para la cura y que la gran mayoría de los seres humanos siguen fiel a la corriente que les lleva como focas dormidas en el fondo del océano. Es evidente.

Pero aún así y, pese a toda su codicia,  su imbecilidad, su fatuidad, me atrevo a creer que hay en el ser humano un reducto, una capacidad cordial que bien puede que corresponda con el latido, esa respiración que al fin y al cabo es común a todos y nos une a través del aire que nos penetra. Como cuando vamos en un autobús repleto y no nos percatamos de que estamos respirando lo que sale de los pulmones de las otras personas, o en el zoológico, cuando sale de los simios, cuando sale de los pájaros y entra en el nuestro y vuelve a ellos.

Esa capacidad cordial es a la que denominamos, a veces, compasión (padecer con otros). Y no sé muy bien por qué entiendo que va a la par con la capacidad para detectar la inocencia, algo que, cuando lo experimentamos, puede causarnos a la vez un gran dolor y un delicioso sentimiento de ternura.

Bien, pues entiendo y defiendo que el animal es inocente. También el animal tratado y encubierto en su ser-hombre y tan ingenuo, el nuestro, en su falso paternalismo, tan ignorante de las leyes de aquello que cree controlar. Y esa inocencia es la que me ha motivado aproducir esta letanía. ¿Para qué? , ¿qué podemos conseguir con ello?, me preguntaron. Un efecto resonancia, contesto. Si un ejército puede hacer saltar un puente al que atraviesa a paso rítmico, ¿no podremos nosotros impedir que desaparezcan algunos animales, si repetimos sus nombres al unísono, coninsistencia y con la voluntad de que perduren? Si creyese en algo sería en el efecto del deseo proyectado en un objeto. Tal vez podamos enfocar en ellos intensamente nuestra voluntad mientras nos unimos en el recitado de esta letanía que es una plegaria dirigida a todos nosotros por todos ellos.

La poesía, antiguamente, tenía ese sentido. El poema se componía para ser recitado con un fin, nunca por ensalzamiento egóico de la autoría como ocurre desde que se habla de poesía y desde que se ha escorado hacia el sujeto el interés porque el sujeto es comercial, se puede vender el personaje, y los temas de los que puede un autor hablar no interesan tanto porque no pueden producir un personaje que se venda tan fácilmente.

En ese sentido advierto, e insisto, en que no se trata de un libro de poesía. No lo pretende. Es cierto que dice que se trata de un poema circular, pero hay que entenderlo a la manera de las tradiciones ancestrales para las que el poema era un texto ritmado que tenía una finalidad muy concreta, un uso generalmente mágico, como las fórmulas rituales de la India antigua, por ejemplo. Podemos convertir las palabras de este libro en palabras mágicas, palabras-nombres que, a medida que las vayamos pronunciando, podrán hacernos llorar, porque puede llegar un día, o ya llegó, en que no sepamos a qué pertenecieron o qué designaron, pero pueden agudizar nuestra voluntad para la supervivencia de ese mundo de seres únicos y maravillosos.

Por compasión, pues, no sabiendo, y como animal que soy, pronuncio e invito a pronunciar el ensalmo, tomando partido porla inocencia, la de ellos, por encima de mí, de nosotros, del animal racional, pero también por él, porque él es un punto más en la trama y aunque éste no deba ser jamás un argumento a utilizar para protegerles porque sin ellos, sin todas y cada una de estas múltiples formas de vida, nosotros tampoco sobreviviremos. Es por todos,  pues, que invito a entonar “tal vez aún apenas sea posible, nunca tan vez…”, etc.


Palabras pronunciadas por la autora con motivo de la presentación de esta obra en Madrid (FNAC de Callao, 19/11/09)


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